Cuando estrenaron la Sinfonía No.8 de Gustav Mahler, en 1910, la apodaron 'la de los mil', porque, básicamente, así se veía el escenario: repleto. Una exorbitante congregación de músicos, coristas y cantantes, en una combinación de genialidad, excentricidad y capricho del célebre compositor. Pero más allá de los números, hay algo mágico en sus notas: en esta obra, Mahler se acerca a Dios.
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